Pertrechado

Estupor o tal vez el aire narcótico que tomo prestado, sabiendo que lo necesito, sabiendo que un día acabará conmigo,  se presenta en cada mirada que avanza, en cada paso que divisan mis adormilados ojos.

Huellas, que no llego a reconocer como propias, aún sabiendo que el camino me precede, cargado de historias henchidas de paralelismos tan reales que la vida me despierta en sueños, de madrugada, junto a ti, aún sin estar a mi lado.

Y mi alma, pertrechada por la historia de mi memoria, pretende iluminar veredas ya marcadas sin saber que la luz no se refleja en su interior. No cuando necesita abanderar la guía de un cuerpo y una mente, ciegos por momentos finitos, de los que nunca acaban.

Y tal vez deba cerrar los ojos, como los moribundos en su tránsito efímero, para ver lo que no logro escuchar, para oír lo que mis pupilas necesitan contemplar, al menos una vez más, tal vez para siempre.

Quizá los renglones que escribo cuando duermo, deba liberarlos  a los cuatro vientos, aún sabiendo que pueden ser apresados por el olvido, ese que nos acompaña al nacer y al morir,  el que necesitamos como el aire que respiramos,  el que nos ahoga en el peor momento de una felicidad efímera.

Estupor, o tal vez aire narcótico que engaña a mis sentidos, pero no a mi alma, pues ella ya dejó sus huellas en caminos que me precedieron, en veredas  por las que aún no  he transitado, hacia direcciones que aún están por escribir.

Foto: http://www.pixabay.com

Autor:Jose Minguell

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Guerrero

Sendas ya marcadas por sus propios pasos embarrados.

Nubes que oscurecen las luces que un día le invadieron.

Y miles de instantes buscando consuelo a pesar de sus cicatrices.

Y cientos de sonidos que le guían en su arduo transitar.

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Espadas que no existen  y guerreros pintados, refugios de su presente.

Valentías obligadas, tejidas por los imaginarios y los imposibles.

Y miradas hacia un cielo que se torna tierra, cayendo sobre sus hombros.

Y un caminar que debe continuar, inexorablemente, sin visos de piedad alguna.

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Colinas a escalar y montañas pasajeras, cubren la planicie, a su alrededor.

Miradas húmedas marcadas por un devenir tan necesario como cruel.

Y una memoria que le recuerda quién es y dónde se encuentra.

Y un rayo de sol que a lo lejos marca el inicio de un nuevo caminar.

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Autor Jose Minguell

Imagen: http://www.pixabay.com

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Sentires

Querer sin poder.

Poder sin que quieran.

Limitado en mi ofrenda  salvaje.

Impedido por la fuerza que me desata.

Y morir en cada atardecer por no darte lo mejor de mí.

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Renacer sin querer.

Querer hacerlo por momentos.

Instantes eternos que se tambalean.

Segundos que se clavan en lo más profundo de mí ser.

Y la ansiedad se engalana de nuevo con sus mejores intenciones.

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Sentidos a flor de piel.

Piel doblegada en  profundos surcos.

Por donde fluyen todos  mis ruegos y miedos.

 Aquellos que quieren compartir un  mismo camino.

Hacia una felicidad caprichosa y ansiada, necesaria y delicada.

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Y el cielo, me mira azul.

Como lo hago, cuando te lloro.

Y me conformo con tus gestos dedicados.

Queriendo amarrarte tan fuerte para no ahogarme de nuevo.

Porque  te quiero, porque te busco, porque te pienso. Porque te necesito.

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Y aquí estoy tumbado.

En mi  particular cárcel sin barrotes.

De oscuras paredes. Esperando que llegue la hora.

Tal vez para dormir o quizás para empezar a regalarte.

Todas los minutos que te debo, todos los mundos de los que hablamos.

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Y mientras, dibujo.

Con pinturas del corazón.

El mundo que de color debería  empañar.

Los trazos que en blanco y negro empapaban el lienzo.

Y mientras lo rompo, lo creo de nuevo, y mientras te dibujo,  te sueño.

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Y acerco mis manos.

Hacia tu rostro tan cercano.

Y te acaricio y te siento y te miro infinito.

Y cierro los ojos buscando tu sonrisa, anhelando tu figura.

Y no quiero despertar sin que tú me des permiso, sin que  me salves al fin.

 

Autor:Jose Minguell

Foto: Jose Minguell

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Cuando

Cuando lo más profundo de tu ser se vacía.

Cuando no queda nada de ti y finges hacer lo que no puedes soportar.

Cuando te ahogas en cada suspiro.

Cuando mueres  en cada latido.

Cuando me ahogue en lo más profundo de mi ser, es cuando me podrás recoger, ya que habré dejado de caer, aunque  no de morir.

Cuando recuerdes el hoy y el ahora.

Cuando vuelvas a hacerlo y sentir lo mismo.

Cuando empieces a sentir pena de tu pena.

Cuando sientas a flor de piel  cada segundo, será cuando te des cuenta que he aprendido a caer, a ahogarme en cada suspiro, a morir de nuevo una  vez más y por siempre.

Autor:Jose Minguell

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Raro, muy raro

Y me levanté, rápidamente, con vehemencia, sin dudarlo y sin sentido. Giré sobre mi propio eje corporal, intentando centrar mi  ridícula mirada, buscando sin saber lo qué.Pero no podía dejar de moverme, lo que hizo que me agachara cual junco, siguiendo con la mirada, la línea de las juntas de las baldosas del  suelo, sin cesar, sin parar y sin más espacio que el de la pared, que me obligaba a tomar una decisión complicada en ese momento: o terminar lo que había empezado y se presumía sin sentido o continuar con la historia frenopatica.

Tuve suerte, estaba solo y esto me calmó lo justo, lo suficiente, ya que lo absurdo, a solas, parece más liviano. Pero perdona, no puedo parar y continuo buscando, por las paredes, blancas, muy blancas, bueno no tanto, existe algún tipo de mancha, que por cierto tengo que pintar. Abro el armario y acaricio sin demasiado cariño a las prendas más gruesas y maltrato sin pudor al resto. Parece que no encuentro lo que busco  ya que sigo con el baile de san vito. Y ahora salto, salto sin parar y por mi altura rozo con el techo, muy cerca, demasiado y aterrizo sobre los calcetines y resbalo y me caigo pero reboto y vuelvo a ponerme de pie, erguido, sin piedad y sin sentido, para variar.

Aprovecho y me visto. Mientras voy escogiendo la ropa que me voy a poner, mantengo activado el piloto de búsqueda por el resto del piso. La cosa se complica ya que diviso platos sucios, muchos, demasiados, todos los del mundo y rezaba para que mi impulso psicótico de búsqueda, no le diera por dedicar mucho tiempo a esa parte de la casa, entre pilas y pilas de  tazas, platos y latas que allí había.

Dos horas después, y acabando de analizar el ultimo cacharro de ikea con nombre élfico, finalizo la búsqueda. Por lo que parece, poco exitosa. Nada diría yo. O eso creo, no lo sé, es todo muy raro. Giro de cuello y voy  al W.C., a la sala de estar, por toda la casa, por todos los lados, mirando no sé qué, queriendo encontrar vete tú a saber y preguntándome el motivo de todo. Si antes no estaba muy preocupado,  ahora empezaba  a estarlo y mucho .Hablo sólo, bueno contigo, y me contemplo  como si me viera fuera de mí. ¿No sabrás nada de todo esto verdad?

Me paro, y me quedo quieto ¿He terminado? Cojo las llaves y abro la puerta de la calle, bajo las escaleras y suerte tengo porque hay muchas y podría pararme a buscar también entre peldaño y peldaño. Tres horas después termino de bajar el último tramo de la escalera y cuando el desastre iba a perpetrarse por salir a la calle en ese estado  y por tener a mis pies todo un mundo que analizar, de repente me paro .Con serenidad, demasiada diría yo. También lo hice con pose, muy buena por cierto y pundonor, muy digno. Estaba orgulloso de mí. Complicado  después de todo el proceso vivido. Me giro y dirigiendo el dedo hacia el botón de llamada del ascensor, lo aprieto, sin dudar, sin vacilar. Ni fuerte ni  suave, eso sí, con decisión. Se abrieron las puertas, entré y volví a apretar el botón. Y mientras subía el ascensor mis cejas se arquearon, pareciendo comprender el motivo de todo lo que había pasado. Salgo del ascensor, subo las escaleras. Me restregó los pies desnudos por el felpudo, justo antes de introducir la llave que abrirá la puerta de casa. Dejo las llaves en el cenicero de la entrada  y pensando en voz alta,  dispuesto a contarte la causa de todo lo acontecido, entro en la habitación y mi sorpresa fue tan grande que tiró al traste mi explicación a todo esto. En la habitación estaba yo mismo, frente a mí, mientras me levantaba rápidamente, con vehemencia sin dudarlo y sin sentido, girando sobre mi propio eje corporal, intentando centrar mi ridícula mirada buscando sin saber lo qué.

Autor : Jose Minguell Calvo

Foto: http://www.pixabay.com

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INEVITABLE DICOTOMIA

No hay peor enemigo que aquél que se infiltra entre los suyos, mientras va corroyendo, como lo hace el ácido con los elementos, sin piedad y de manera inexorable. Los motivos, miles. Las consecuencias, terribles. La solución, nunca libre de polémica.

Una sociedad que  ha luchado por los derechos individuales, ahora se encuentra con una situación en la que debería comportarse como lo hacen los bancos de peces ante un gran depredador. Pero nada más lejos de la realidad. Muchos prefieren seguir por la senda de lo singular, como hasta ahora. Y es que trabajar en grupo se aprende, se enseña, se ensaya. Pretender  conseguir que ante un problema, nos comportemos de forma única, es como poner vallas al campo al primer intento.

Por otro lado, el enemigo infiltrado, sin saberlo, o eso quiero creer, está seguro de comportarse de manera genuina. Y hace alarde de su derecho firme a la hora de reivindicarse en  perpetrar sus acciones, por muy a contracorriente que parezcan, por antipopulares que sean. Y se me viene a la memoria lo de si no quieres caldo, toma dos tazas.

Estamos ante dos posturas antagónicas en las que todos perdemos. El sistema, por no adecuarse tan rápido como quisiera y el individual, que engalanado con vitolas de libertad, se autodestruye y nos arrastra a cada uno de nosotros  de manera inevitable.

Los “negacionistas “infiltrados, con objetivos vitales como celebrar fiestas, reunirse con quien quieren y llevar la mascarilla donde les plazca, se deben enfrentar a la mirada rabiosa del que cumple, como el pez en el banco y al pesar del atónito macho alfa estatal, que contempla cómo su fórmula mágica del éxito, pierde fuerza y coraje, tornándose completamente  estéril e inútil.

Y yo , voy  contemplando, de manera   anticipada, cómo quedará todo este entuerto en un futuro. Y miro que el daño que este virus ha generado, en parte, proviene de nuestro comportamiento. Y pienso en  si puedo confiar en la responsabilidad de la gente aquí y ahora, cuando en el pasado no eran capaces ni de ponerse una mascarilla por el bien de todos. Y dudo en dar mi confianza a los dirigentes que no eran capaces de mirar más allá de sus intereses partidistas, aromatizados con el perfume de la inoperancia.  Y renuevo los votos a la hora de constatar que el hombre, en demasiadas  ocasiones, es el lobo para el hombre. Mientras tanto, sólo me cabe esperar.

Autor: Jose Minguell Calvo

Imagen: http://www.pixabay.com

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Lecciones de vida


Si el tedio se llegó a convertir en la moneda con la que pagábamos  nuestro tributo por vivir, la incertidumbre es la vuelta que nos ofrece la vida, de la noche a la mañana, sin previo aviso.

La experiencia es necesaria en nuestro día a día. Permite regar nuestra zona de confort, marcando las directrices necesarias para saber qué hacer en cada momento. Pero nos ha tocado vivir entre terrenos inestables, que impiden  ahincar el pie con firmeza y decisión. Hoy  es la pandemia, mañana Dios dirá. Es por ello que  deberíamos aprender  la lección que saquemos de todo esto, preocupándonos en contemplar la luna, señalada por el sabio y no quedarnos absortos, mirando el dedo.

Estamos acostumbrados a navegar con seguridad, comprada o adquirida. No sabemos hacer otra cosa que planificar, a corto, medio y largo plazo: vacaciones, vivienda, vida. Y así debe ser a pesar de todo. Pero esta pandemia nos debe hacer creer en esos lemas ya tan desgastados como el carpe diem  que adquieren todo su sentido, cuando vemos pasar a la parca demasiado cerca y de forma tan multitudinaria. Muchos, no necesitan un mal apocalíptico para entender esto ya que sufren en sus carnes tragedias y calamidades que hacen que  lo que sucede hoy en día, sea un juego de niños. Pero si deberíamos ser conscientes que aunque nos parezca que la armonía es lo cotidiano, no es así. El caos lo gobierna todo y es por ello que deberíamos tener en cuenta que cada minuto es único y que todo puede doblegarse, como aquellos renglones torcidos de Dios.

Autor: Jose Minguell

Foto: Owensart  en  http://www.pixabay

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La vida sigue…igual

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Y me levanto, intentado olvidar estos últimos meses, raros, difíciles, excepcionales. Intento hacer vida normal, sabiendo que no es más que un engaño para facilitarme la nueva etapa en la que estamos inmersos. Relleno mi bote de hidrogel, busco la mascarilla e incluso cojo algún guante, por si acaso. Bajo por las escaleras. Intento no tocar nada. Las manetas de las puertas las sigo viendo como peligrosas. Y el aire me golpea, esta vez si, como siempre. Comienzo a caminar y veo a mi lado un grupo de jóvenes sin mascarilla. Y una familia al completo sin mascarilla. Y un par de ancianos con la mascarilla, pero mal puesta. Y me alejo lo suficiente para contemplar, como las terrazas están llenas con gente abrazándose, compartiendo riéndose y disfrutando.

Y vocifero para mis adentros y me pregunto si estoy haciendo el panolis, ataviado con mascarillas, siendo prudente y manteniendo las distancias. Y cierro los ojos y veo a miles de contagiados, miles de familias que han perdido a alguien por culpa de esta enfermedad. Y me apretó con más fuerza la mascarilla, sabedor de que hago lo correcto, alejándome de la complicidad de todos aquellos que no cumplen y que son culpables de lo que puede venir, de tanto sufrimiento y dolor.

Y ya es mañana y me levanto y relleno mi gel hidroalcohólico…

 

Autot: Jose Minguell

Imagen: http://www.pixabay.com

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Somos insolidarios

speech-2759550_1280En épocas convulsas, es cuando contemplamos  lo mejor del ser humano. Y esta pandemia así nos lo está mostrando. Pero también es cuando se ven las debilidades, las vergüenzas y las miserias más rancias.

Cada vez que observo a gente sin mascarilla, imagino la posibilidad de que alguien pueda contagiarse y enfermar. Me niego a pensar que quien no la lleva pretenda mal alguno a su prójimo.Pero recuerdo que millones de personas mueren al cabo del día por hambre, mientras los demás  compramos, reímos o lloramos sin hacer nada.

Podría ver el lado contrario y quedarme con los sacrificios de los sanitarios, de los ciudadanos de a pie, pero están muy presentes en mi cabeza  aquellos a los que todo les da igual. Pero no debo extrañarme. Si existe un poder judicial, es porque hay quien incumple. Si existen cárceles es porque alguien incumple. Si existen actitudes egoístas e insolidarias, racismo, machismo, homofobia y otro tipo de desigualdad, es porque somos así.

No nos engañemos, no pretendamos creer que nos comportemos como un todo solidario y armónico porque nunca lo hemos sentido así. Ni en crudos momentos como estos. Nunca predicar en el desierto fue tan veraz pero no por ello dejaremos de intentarlo.

 

Autor:Jose Minguell Calvo

foto: http://www.pixabay.com

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Veredas (2)

Huellas escondidas, semi enterradas, de aquellos que hoy aguardan silenciosos y expectantes, sabiendo que otros correrán su misma suerte. 

Veredas que se nos muestran vírgenes a nuestros ojos, inconscientes de que en el pasado y sin saberlo, fuimos atónitos pasajeros habituales.

Presentes moradores y testigos de historias que precederán, a los que aún están esperando su turno, deseosos y forzosos de recoger el testigo, necesario e irremediable de nuestro sino.

Y  paisajes, sicarios silenciosos de nuestros sueños, testigos de nuestra fugacidad, culpables de nuestras ansias de volar de aquí para allá.Nos acunan cuando los necesitamos y nos matan en su ausencia,  llorada, deseada, implacable.

Pero deja que mis emociones, descansen junto a ti. Te permito que espíes mis  recuerdos, esos  que me regalas cada vez que te ven mis ojos, cerrados o abiertos, durmiendo o expectantes.

Y no me cansaré de tocarte, aunque no estés junto a mí. Y no permitiré que mis botas olviden por donde asomaron, a su paso, descaradas, temerosas  y relucientes, a pesar del polvo del camino, a pesar del cansancio acumulado.

Y rezaré para que el  camino siempre quiera mostrarme mundos nuevos, de los que  escribo a los cuatro vientos cada vez que recuerdo, una y otra vez, futuros paisajes. De los que siempre viví, de los que nunca dejaré de buscar.

 

Autor:Jose Minguell
Foto: Jose Minguell
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